La generación nacida del babyboom, en los años 60, no tiene asegurada sus futuras pensiones porque, previsiblemente, las arcas del Estado no encontrarán dinero para costearlas dentro de una década o, al menos, esta es una de las últimas informaciones aportadas por los medios de comunicación. Como éste, son decenas los titulares económicos que copan diariamente la agenda informativa y que tienen en vilo a la población de todo el planeta.

Especulación inmobiliaria/Cotizalia
¿Cómo nos ha llevado a esta crisis el sistema capitalista en el que nos hayamos inmersos? ¿Cuánto tardaremos en salir de ella? Muchos economistas sitúan el nacimiento de la actual crisis en el año 2007, cuando el sistema hipotecario estadounidense, que había experimentado un crecimiento sin igual, vio aumentada su morosidad.
A grandes rasgos, los bancos, al ver reducidos sus ingresos, aumentaron el número de operaciones que realizaban y solicitaron préstamos a bancos extranjeros y ésto, lejos de mejorar la situación, les acabó de endeudar. Y, como reza el viejo refrán, cuando Estados Unidos estornuda, el resto del mundo se constipa. Lo que en un principio eran amenazas para el sistema financiero mundial se convirtió en una cruel realidad. En un mundo global en el que los capitales se mueven a gran velocidad y el dinero es más invisible que nunca, cada país se vio afectado por las llamadas hipotecas “subprimes” y por los problemas que, aunque venían arrastrando desde hace tiempo, siempre se habían esforzado en tapar. En el caso de España, que no había invertido en esos activos dudosos, el sector de la construcción, que registraba unos altos índices de especulación, y la explosión de la burbuja inmobiliaria hicieron lo propio.
Desde hace unos meses estamos asistiendo al cierre de fábricas y a la quiebra de grandes empresas y bancos- de la que no se salvan ni los gigantes automovilísticos como General Motors- al rescate del sector automovilístico y al despido masivo de centenares de miles de trabajadores (10 % es la actual tasa de paro en España).
Crisis económica, descontento social
Y, como las malas noticias nunca llegan solas, los problemas sociales no se hacen esperar. Los trabajadores no dudan en reclamar sus derechos e inundan diariamente las calles de muchas ciudades. Su desesperación crece por momentos y se afanan en perseguir e, incluso, secuestrar a sus jefes [en francés] que, lejos de solidarizarse con sus subordinados, guardan bajo el colchón las millonarias primas que siguen recibiendo. Paradójicamente, los economistas esperan que la confianza en el mercado se retome poco a poco para que el consumo aumente pero, ¿cómo explicárselo a las familias cuyos miembros ya no reciben un salario? Ésta es una de las preguntas que se hace Manuel Álvarez, vecino de un céntrico barrio de Oviedo. Propietario de una inmobiliaria de venta de pisos de segunda residencia en la costa oriental de Asturias, ha tenido que echar el cierre: “empezamos por intentar reducir el gasto de electricidad y de personal pero, de la noche a la mañana, nos vimos con el agua al cuello”. Afortunadamente, su familia, compuesta por su mujer y sus dos hijos en edad escolar, dispone de algunos ahorros “con los que intentaremos hacer frente a esta época de vacas flacas”, explica Manuel Álvarez.

París, manifestación 19 de marzo/ Cristina Cartes
Las compañías telefónicas reman a contracorriente y sacan lotes de ofertas; los restaurantes se inclinan por “menús anticrisis” y los medios de comunicación intentan orientar a los desempleados para que no sean engañados. Hay quien dice que a esta situación no se ha llegado por sorpresa, sino que todo está respondiendo a un guión que ya estaba previsto. Sea como fuere, la casi totalidad de los países desarrollados, condenados a mantener una elevada tasa de población de la tercera edad, se ven incapaces de poder gestionar un sistema de pensiones a largo plazo. Mientras tanto, los jóvenes, que hasta ahora las únicas crisis que conocían eran las que aparecían en los libros de texto, luchan por hacerse un hueco en el mercado laboral que, antes de esta vorágine, solo podía proporcionarles un sueldo de mileurista.

Desempleados en la oficina de empleo/ Integralocal
En una situación generalizada de impotencia, algunos se aprietan el cinturón para poder sobrevivir tras la pérdida de sus empleos y otros se empeñan en buscar culpables, mientras las grandes empresas son salvadas, otra vez más, con el dinero de los contribuyentes sin dar explicaciones a cambio.
[...] Grandes males sin grandes remedios [...]